Nuestra visión del mundo. Nuestra estrategia

Europa |

Llevamos casi dos décadas de este nuevo milenio y la situación internacional está atravesada por la crisis del sistema capitalista imperialista. Se visualiza su decadencia tanto en los países centrales como en los periféricos. En la mayoría de ellos se viven fuertes polarizaciones sociales, con fenómenos políticos a derecha y a izquierda, con una importante contraofensiva económica imperialista que ataca fuertemente las condiciones de vida de cientos de millones en todos los continentes, y una importante respuesta de luchas obreras, populares, feministas y de la juventud, que con lógicas desigualdades recorren el mundo.

El mundo vive nuevas tensiones y debates que preanuncian próximas crisis, con el imperialismo yanqui debilitado pero aún hegemónico e intentando reacomodarse en su disputa con China. Busca evitar que el gigante asiático tenga más acceso a tecnología de punta y le pone aranceles a sus productos, recrudeciendo así la guerra comercial. Esto alimenta nuevos roces interimperialistas y mayor desarrollo de movilización y fenómenos políticos y sociales dentro de los propios EE.UU.

Los últimos movimientos anunciados por Trump y su disputa e intento de nuevo marco de acuerdo con China, ya convertida en segunda potencia económica aunque no militar, así como la disputa entre los EE.UU. y la UE con Rusia, muy débil económicamente pero con un gran poderío militar, muestran los cambios que vienen ocurriendo al interior del imperialismo mundial y las principales potencias. Los EE.UU. buscan mantener su alicaída posición hegemónica, China pretende avanzar a nivel global, Rusia intenta recuperar más poder regional y mundial, y la UE atraviesa la peor crisis desde su creación. Son todos ejemplos del nuevo contexto interimperialista, que preanuncia más roces y disputas por el control económico, político y militar a nivel internacional.

En esa situación, el capitalismo imperialista, lejos de vivir una nueva época de prosperidad, vive un período pronunciado de decadencia. Pese a la restauración capitalista producida en los ’90 en el Este europeo, al reingreso de China al sistema capitalista mundial y a la contraofensiva económica mundial que impulsa, el capitalismo imperialista no ha logrado un nuevo ciclo de crecimiento prolongado ni un salto cualitativo de acumulación que le permita un desarrollo genuino de las fuerzas productivas. Por el contrario, a la par de la crisis global y de su contraofensiva económica, cada vez se deterioran más las condiciones de vida en el planeta. Este fenómeno se evidencia aún más desde el último crack de 2008 dentro de los países centrales y ya no sólo en los países dependientes.

  • Esta es la razón de que tras mucho tiempo comiencen a surgir movimientos de resistencia muy dinámicos entre la juventud y las mujeres en los EE.UU. o que, a partir de la crisis del bipartidismo, además de fenómenos de derecha como Trump emerjan otros de signo opuesto como Sanders, o Corbyn en Gran Bretaña, enarbolando banderas socialistas así sea difusamente.
  • En Europa, la crisis ha desnudado y desacreditado como nunca antes a las direcciones socialdemócratas y frentepopulistas tradicionales. Convertidas en las ejecutoras de los planes neoliberales, salieron descaradamente en auxilio de los bancos y corporaciones mientras hundían a países enteros en la pobreza y millones de trabajadores y sectores populares perdían derechos adquiridos en décadas de lucha. Esto hace que emerjan de las catacumbas variantes de ultraderecha y nuevos actores a la izquierda de la política tradicional, que aun llenos de contradicciones reflejan la voluntad de cambio y resistencia de franjas enteras de la población.
  • En Latinoamérica, la crisis aceleró la experiencia de las masas con las nuevas referencias nacionalistas de izquierda y populistas surgidas al calor de los procesos revolucionarios de principio de siglo. En un primer momento, esta situación fue utilizada por la derecha para acceder nuevamente al poder en una serie de países, generando más contradicciones y preparando el terreno para nuevos y más duros enfrentamientos y convulsiones sociales. Actualmente estamos presenciando la crisis de los gobiernos derechistas de Brasil y Argentina.
  • Desató también una seguidilla de levantamientos y revoluciones en todo el norte de África, provocando cambios de tal magnitud que siguen adelante pese a los nuevos golpes militares que se dieron en varios países donde la Primavera Árabe había florecido.

El mundo en que vivimos estos años, de crisis, guerras, polarización social, crisis de los regímenes y partidos tradicionales y revoluciones de diversos tipos, más la ausencia de revoluciones socialistas triunfantes, reabrió diversos debates al interior de las corrientes y organizaciones de la izquierda revolucionaria y reformista. Estos debates también se viven con mucha fuerza en el movimiento trotskista internacional, que en algunos países juega un rol importante en la lucha de clases y en la experiencia de construcciones políticas revolucionarias.

A poco más de un siglo del inicio de la época revolucionaria definida por el marxismo con el inicio de la Iª Guerra Mundial en 1914, que visibilizaba la decadencia e imposibilidad capitalista de mejorar las condiciones de vida en el mundo, y a cien años de la Revolución Rusa, se hace imprescindible rescatar la vigencia de los principales pilares teóricos y políticos que el bolchevismo, los primeros años de la III Internacional y luego la IV definieron para una estrategia revolucionaria en todo el mundo. En el contexto de esta reafirmación es que deben verse y analizarse las nuevas situaciones, incorporando los elementos nuevos que hagan falta, sin perder el hilo estratégico del marxismo revolucionario, el leninismo y el trotskismo.

1) Las distintas épocas en el ascenso y decadencia del capitalismo

Es bueno volver sobre la historia para recordar que el marxismo y nuestra corriente definimos que en los últimos siglos, desde el inicio de las revoluciones modernas, hubo tres grandes épocas de larga duración.

Primero existió la época de la revolución burguesa, que se desarrolló en lucha contra el feudalismo que ya era una traba absoluta para el desarrollo de la humanidad. Duró aproximadamente dos siglos, atravesó la muy importante revolución inglesa, la norteamericana y la francesa, y finalizó con la consolidación y extensión del sistema capitalista y sus estados a fines del siglo XVIII.

Luego vino una época no revolucionaria, la del auge capitalista, donde primaba el avance del capitalismo desde sus estados y de la sociedad en su conjunto y el desarrollo de las fuerzas productivas. En esta época se avanzaba de manera reformista en mayores conquistas obreras y populares. Tuvo a fines del siglo XIX los mayores avances sociales, una enorme acumulación capitalista y a la vez el surgimiento de los monopolios y el imperialismo, lo cual anticiparía la crisis que se iba a producir décadas después.

Y desde 1914 hasta hoy vivimos una época revolucionaria, de necesidad de la revolución socialista internacional. Se abrió con el inicio de la Iª Guerra Mundial, donde el estancamiento de las fuerzas productivas y las disputas interimperialistas que esto provocó llevaron a la muerte a millones de personas. Con la Revolución Rusa se logra el primer triunfo revolucionario y “se pone en acción la clase social que puede cumplir con las dos grandes tareas imprescindibles para que las fuerzas productivas sigan avanzando: terminar con la propiedad privada y con las fronteras nacionales, para instaurar una economía mundial planificada. Esto es así porque la clase obrera es internacional, es igual en todos los países, y no puede transformarse en una nueva clase propietaria que explote a otras, por una sencilla razón: junto con los demás sectores explotados es la amplia mayoría de la sociedad. En ambos aspectos es totalmente diferente a las clases que cumplieron antes un rol revolucionario. La burguesía, por ejemplo, fue una clase minoritaria y explotadora desde que nació. La revolución obrera socialista es, por primera vez en la historia, la revolución de la mayoría de la población.” (Nahuel Moreno, Revoluciones del siglo XX)

Desde entonces el mundo vive entre guerras y revoluciones, con miseria, hambrunas, regreso a enfermedades medievales, con un desarrollo desigual y combinado en el terreno tecnológico y científico, que tiene enormes avances pero en manos del capitalismo imperialista no es para el conjunto de la humanidad sino para pocos sectores en algunos casos y para una clara minoría en otros. Es la época de la revolución socialista internacional, porque no hay ninguna posibilidad reformista de que el capitalismo logre avances para el conjunto y mejore las condiciones de vida de la humanidad. De hecho en las últimas décadas, el sistema avanzó cualitativamente en poner en riesgo la vida humana, la naturaleza y el planeta entero con su irracional método de destrucción, contaminación y saqueo a gran escala. Mientras, en los países centrales de Europa y en los EE.UU., se está retrocediendo en el nivel de vida alcanzado décadas pasadas.

Llegado el 2018, seguimos en esta época de crisis y revoluciones, de perspectiva de revolución socialista como objetivo imprescindible, frente a la decadencia del capitalismo imperialista, que con cambios y nuevos actores tampoco puede garantizar avances para la humanidad ni éstos pueden lograrse a partir de una suma de reformas.

Que sigamos en esta época no es sinónimo de facilismo ni unilateralidad, en el sentido de creer que lograr la revolución socialista internacional sea fácil, seguro de lograr o una tarea a resolver rápidamente. Por el contrario, en el marco de la crisis capitalista y de muchos aparatos políticos y sindicales, siguen actuando todo tipo de direcciones para evitar un curso revolucionario. De allí que de diversas revoluciones y caídas de gobiernos y regímenes no haya sobrevenido ninguna revolución socialista triunfante en las últimas décadas. El capitalismo está en decadencia, la revolución socialista es necesaria y posible, pero hay una lucha diaria y encarnizada en todos los países contra direcciones que impiden un curso revolucionario.

Para el avance de la revolución socialista los problemas no están esencialmente en las condiciones objetivas, sino centralmente en las subjetivas: las direcciones contrarrevolucionarias y reformistas, que actúan sobre el movimiento de masas y frenan las luchas y el avance en la conciencia de millones. Contra esas direcciones actuamos y por eso necesitamos partidos y organizaciones revolucionarias sólidas, para dar en todos lados esas peleas políticas y sociales, ya que el desarrollo de estos partidos revolucionarios es vital para derrotar a los partidos del sistema y para ayudar a que se logren grandes saltos en la conciencia de millones.

Por eso rechazamos los análisis justificación de corrientes que definen que “no hay relación de fuerzas” para avanzar en medidas anticapitalistas y socialistas, que la clase trabajadora está fragmentada o que “no están maduras las condiciones”, como si entre la realidad y la política del capitalismo imperialista no hubiera nada en medio. Para el marxismo, siempre las condiciones están relacionadas con el accionar de las direcciones, incluido desde ya el accionar de la dirección revolucionaria. Bien lo explicó Trotski en su texto Clase, partido y dirección: “La victoria de Octubre constituye un serio testimonio de la ‘madurez’ del proletariado. Pero es relativa. Algunos años más tarde, es este mismo proletariado el que ha permitido que la revolución fuese estrangulada por una burocratización surgida de sus propias filas. La victoria no es el fruto maduro de la ‘madurez’ del proletariado. La victoria es una tarea estratégica. Es necesario utilizar las condiciones favorables de una crisis revolucionaria a fin de movilizar a las masas; tomando como punto de partida el nivel determinado de su ‘madurez’, es necesario empujarle a ir hacia adelante, enseñarle a darse cuenta que el enemigo no es omnipotente, que está desgarrado por sus contradicciones, que reina el pánico detrás de su imponente fachada. Si el partido bolchevique no hubiese conseguido llevar a buen término ese trabajo, no se podría ni hablar de revolución proletaria”.

No somos objetivistas porque no creemos que por sí solas las condiciones objetivas, que están más que maduras desde hace décadas a nivel mundial, logren el triunfo de la revolución socialista. Tampoco somos escépticos ni hacemos análisis autojustificatorios para endilgarle al movimiento de masas la responsabilidad que tienen las direcciones que frenan, desmoralizan y desvían. Seguimos apegados al método de análisis marxista para definir una política revolucionaria, transicional, anticapitalista y socialista, para disputar la dirección y fundamentalmente para seguir construyendo nuestras organizaciones revolucionarias, sin las cuales un mundo mejor será imposible de alcanzar.

2) Las distintas etapas dentro de esta época revolucionaria

En el desarrollo de esta época han existido distintos momentos. De hecho ha cambiado la tendencia varias veces a lo largo de estos últimos cien años. Hemos atravesado diversas etapas, entendiendo que para nosotros una etapa es un período medianamente largo donde las relaciones de fuerza entre las clases se mantienen de una determinada manera. Es decir que una etapa cambia, cuando hay un cambio grande en esas relaciones de fuerza a nivel internacional.

Desde la victoria de los bolcheviques a la fecha, nosotros identificamos cuatro grandes etapas:

  • La primera etapa la abrió la Revolución Rusa y fue de ofensiva revolucionaria.
  • La segunda se abrió a mediados de los años ’20 y fue contrarrevolucionaria, con la derrota de las revoluciones alemana y china, el ascenso del fascismo en Italia, el triunfo de Hitler en Alemania y luego la derrota de la revolución española, combinado con la derrota de los bolcheviques y el triunfo de la burocracia estalinista en la URSS. Esa etapa duró hasta el fin de la IIª Guerra Mundial, cuando el mundo vivió un nuevo cambio cualitativo.
  • La tercera etapa nuevamente fue revolucionaria y comenzó con la derrota del fascismo y el fin de la guerra, uno de los triunfos revolucionarios más importantes de la humanidad, seguidos por la expropiación de la burguesía en nuevos países, proceso detenido y no extendido a Europa occidental por la traición de los PC. La enorme contradicción de este período histórico fue el fortalecimiento del estalinismo. En esta etapa se vivió también el triunfo de las revoluciones china y cubana. Luego tuvo picos de ascenso en el ’68 con el Mayo Francés y su repercusión en todo el mundo, la importante derrota yanqui en Vietnam a mediados de los ’70 y otros importantes procesos. Ya entrados los ’80 el imperialismo avanzó a otra política con Reagan y Thatcher como cabezas políticas de un neoliberalismo que se profundizaría en los ’90
  • La cuarta se abrió con la caída de la ex URSS y los estados obreros burocratizados del este de Europa.

La caída del estalinismo y el fin de la ex URSS

Es evidente que los acontecimientos de la década del ’90 provocaron cambios enormes que todavía repercuten en la situación internacional y en los debates en la izquierda sobre el carácter de esos cambios, del mundo que vivimos desde entonces y sobre la política y estrategia a defender hoy.

Los sucesos de los ’90 en la ex URSS significaron un nuevo y muy importante cambio de etapa, no de época. Como ya hemos explicado, el período reformista, donde el capitalismo todavía tenía algo para ofrecer, murió con la Iª Guerra Mundial y no volverá. Por eso sigue estando planteada la necesidad imperiosa de la revolución socialista.

La complejidad de la situación explica que la etapa mundial abierta en los ’90 tuviera un signo contradictorio: por un lado positivo, por el logro extraordinario que significó terminar con el aparato contrarrevolucionario más nefasto que conoció la humanidad, el estalinismo; y por el otro lado negativo, porque el costo que se pagó fue altísimo: la restauración capitalista y el derrumbe en cadena de los estados obreros burocratizados.

En realidad, en los estados que dirigía, el estalinismo había destruido hacía ya muchísimo tiempo las conquistas logradas con la revolución e impuesto un régimen dictatorial que, a las penurias económicas, le sumaba la represión constante y la falta de mínimas libertades democráticas. No fue una contrarrevolución triunfante lo que abrió paso a la restauración capitalista, sino una revolución democrática tras otra lo que terminó con el dominio del estalinismo en un tercio del planeta. Las confusiones en la conciencia que significaron esas décadas de dictadura estalinista y la ausencia de una dirección revolucionaria con peso de masas y reconocida a nivel internacional impidió capitalizar esa energía, evitar la restauración y direccionar el accionar de los trabajadores hacia un régimen de democracia obrera.

No se dio la hipótesis teórica planteada por Moreno y defendida por nuestra corriente: que la revolución política se desarrollaría en dos etapas. La primera, democrática, donde se fortalecería el trotskismo y surgirían organismos de doble poder, y una segunda, donde los trabajadores movilizados con sus organizaciones revolucionarias al frente instaurarían un régimen de democracia obrera. En esos países tampoco hizo falta una contrarrevolución sangrienta para restaurar el capitalismo. Todo esto provocó una gran confusión en las filas de nuestra corriente y de la izquierda en general, abriendo paso a toda clase de interpretaciones equivocadas, escépticas, oportunistas y/o sectarias.

Lo que sucedió tampoco se dio como esperaba el imperialismo. La restauración capitalista en el tercio del planeta donde la burguesía había sido expropiada y la contrarrevolución económica que la ofensiva neoliberal descargó sobre los trabajadores del mundo entero no lograron abrir paso a un nuevo período de prosperidad capitalista y desarrollo sostenido de las fuerzas productivas.

La caída del estalinismo hizo estallar el orden global surgido de la II Guerra Mundial, orden que hasta la fecha el imperialismo no ha podido volver a estabilizar. Desde entonces asistimos a una situación internacional de inestabilidad y fuerte polarización, con fenómenos políticos de todo tipo, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda y cada vez menos espacio para los grises términos medios. Y aunque siguen existiendo dificultades y un gran atraso en la conciencia, muchas confusiones tienden lentamente a disiparse y cada día crecen las oportunidades para construir alternativas anticapitalistas amplias y también partidos revolucionarios. Lo que sigue siendo determinante frente a estas tareas es la actitud que tomemos las y los revolucionarios.

De los sucesos de 2008 hasta hoy

Desde el inicio de la etapa contradictoria abierta en los 90 hasta hoy vivimos tres momentos distintos: a) De los 90 hasta el 2000. Estos fueron los años de mayor confusiones en la conciencia, donde más calo la campaña imperialista de que el socialismo había fracasado y más avanzo el imperialismo (restauración y reformas neoliberales); b) De principio de siglo hasta el 2008. Los levantamientos revolucionarios triunfantes en Latinoamérica empiezan a revertir el periodo anterior. Aunque las confusiones no se disipan se comienza a hablar nuevamente de Socialismo; c) Del 2008 hasta la actualidad. La crisis penetra en los países centrales y cambia por completo la situación política mundial.

El crack y derrumbe de la economía que se produjo en el 2008 terminó con las ilusiones de los que pronosticaron el triunfo definitivo del sistema capitalista. Fue un punto de inflexión que cambió el paradigma y, como decíamos por entonces, “fue como el muro de los capitalistas”. Desde entonces son ellos los que no pueden explicar ni convencer de que sus planes sean positivos.

En el 2008 se dio un cambio muy grande. Esto llevo a que algunos compañeros barajaran la posibilidad de que incluso se hubiera producido un nuevo cambio de etapa. Pero la realidad es que junto a los cambios también siguieron existiendo muchos puntos de continuidad con la etapa abierta en los 90. En principio, visto hoy, nos inclinamos por creer que el 2008 fue un cambio dentro de la misma etapa abierta con la caída del estalinismo y la restauración capitalista, que provoco una relación de fuerza más favorable para los trabajadores porque el ascenso penetro en EEUU y otros países imperialistas y se evidenció la crisis global del sistema imperante.

Sin embargo, la ausencia de direcciones revolucionarias con pesos de masas y por esto mismo  que ninguna de las revoluciones del nuevo siglo hayan avanzado hasta transformarse en socialistas triunfantes, le ha permitido al imperialismo seguir descargando una contraofensiva económica con la que busca zanjar su crisis y estabilizar un poco la situación mundial.

Para lograr un análisis lo más científico posible tenemos que recuperar también la categoría de situación, ya que dentro de una etapa puede haber distintas coyunturas y es en ellas donde actuamos y tenemos que desplegar nuestra política.

En resumen, la resistencia de los trabajadores y demás sectores explotados y oprimidos a los planes neoliberales; la crisis de los regímenes políticos, partidos y direcciones tradicionales que impulsaron dichos planes, y las revoluciones que se sucedieron en Latinoamérica y Medio Oriente en este nuevo siglo, son una demostración de que en los ’90 no se produjo una derrota de tal magnitud en la clase obrera que bloqueó toda perspectiva socialista en el futuro, imponiendo por décadas o más una correlación de fuerzas completamente favorable a los intereses de los explotadores, como creen otras corrientes internacionales que directamente han abandonado la lucha por el socialismo y la construcción de partidos revolucionarios.

3) Vigencia teórica, programática y organizativa del leninismo-trotskismo

La época y la etapa del mundo actual reafirman a nuestro entender tres ejes centrales de nuestro armazón teórico-político: la teoría de la revolución permanente, el método del Programa de Transición y la construcción de partidos revolucionarios leninistas. Desde ya, al paso de las décadas y entrados en un nuevo siglo hay lógicas actualizaciones que hacer. Tenemos que encarar dicha tarea de manera urgente. Pero nos referimos centralmente a la vigencia de la esencia de este legado, que podríamos sintetizar así:

  • La revolución socialista tiene un carácter permanente e internacional. Por más que arranque en algún país determinado, los procesos revolucionarios deben avanzar en forma permanente, tanto dentro de sus fronteras con medidas anticapitalistas y socialistas como también fuera de sus fronteras buscando extender la revolución. Todas las revoluciones que vivimos a lo largo de un siglo y que no han hecho esto inevitablemente se frenaron, retrocedieron y finalmente fueron derrotadas. La ley de las revoluciones en el marco del capitalismo imperialista es categórica: o se avanza o se retrocede en escala internacional. De ahí la necesidad de la organización internacional de los revolucionarios, como hicieron los bolcheviques ni bien tomaron el poder en Rusia, centrando enormes esfuerzos en la fundación de la III Internacional. Como hizo Trotski y sus compañeros de entonces, luego de la degeneración del PC ruso, invirtiendo tiempo, dirigentes y cuadros en la fundación de la IV Internacional. De la misma manera hoy, nuestro internacionalismo militante, dentro de una época que sigue siendo revolucionaria, tiene bases científicas y políticas.
  • Existen distintos tipos de revoluciones, pero todas son parte de la revolución socialista internacional. Las hay democráticas contra gobiernos y regímenes políticos autoritarios, y también directamente anticapitalistas; actualmente existe una revolución feminista y otros procesos. Pero todas están concadenadas, ya que para triunfar necesitan derrotar el sistema capitalista y patriarcal y avanzar al socialismo. Por eso actuamos en cada uno de estos procesos con políticas concretas y a su vez con un programa de consignas que transicionalmente vayan intentando que el proceso avance a nuevas tareas y no se detenga.
  • La clase obrera sigue siendo el sujeto social de la revolución socialista. Aunque a veces los procesos los encabecen otras clases explotadas o la propia clase obrera encabece tareas que históricamente son de otras clases, la revolución socialista para avanzar necesita que la clase obrera se transforme en el actor principal. Junto a la clase obrera y demás sectores populares, en la actualidad el movimiento feminista y la juventud son dos motores centrales de la mayoría de los procesos de movilización y de nuevos fenómenos políticos y, por lo tanto, son sectores muy importantes para nuestra intervención y construcción.
  • Las condiciones objetivas, materiales, económicas, para el tránsito del capitalismo al socialismo siguen estando más que maduras desde hace un siglo. “La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria” (Trotsky, Programa de Transición). Por eso es imprescindible no renunciar a construir la única herramienta política capaz de combatir y derrotar a las direcciones traidoras al interior del movimiento obrero, darle impulso a la movilización permanente y a los nuevos organismos de autodeterminación democráticos que surjan en las crisis revolucionarias y disputarle el poder a la burguesía. Esa herramienta es el partido revolucionario, de combate, leninista, formado por militantes profesionales y en el centralismo democrático. Desde ya, este tipo de partido no tiene nada que ver con la caricatura grotesca y burocrática que impulsó el estalinismo y que incluso impregnó a algunas corrientes que se reclaman del trotskismo. Defendemos la más amplia democracia interna, el derecho a organizarse en tendencias y fracciones, y formamos a nuestros cuadros y militantes contra el dogmatismo y en la obligación de pensar y repensar libremente.

Sobre estas bases teóricas y políticas desarrollamos el análisis científico y marxista de la situación internacional actual y la política para cada país en donde intervenimos.

4) Movilización o camino electoral. Destruir el Estado burgués o reformarlo

Entre las organizaciones de izquierda, tanto revolucionarias como centristas y reformistas, se siguen desarrollando también importantes debates en torno a si la participación electoral tiene un sentido táctico o estratégico y al rol de los revolucionarios dentro de alternativas políticas amplias ubicadas a la izquierda de los viejos partidos, y que vayan ganando en una coyuntura determinada más y más peso electoral.

Sobre estos debates, creemos que toda la experiencia histórica de los mecanismos de la democracia burguesa demuestra que no hay ninguna posibilidad de que, por esa vía, desde la izquierda podamos avanzar hacia nuestros objetivos estratégicos (en Sudamérica, Chile del ’70 al ’73 fue el ejemplo trágico más evidente). Además, en la actualidad, por el peso de los grandes medios de comunicación, los partidos e instituciones del régimen, y por su acción sobre el nivel de conciencia de las masas, no está planteado que fuerzas de la izquierda anticapitalista y revolucionaria lleguemos al gobierno por vía electoral, a menos que abandonen el programa y los principios por el camino.

La realidad de las últimas décadas es que cada vez que una fuerza difusamente anticapitalista, antiimperialista o nacionalista de izquierda va avanzando electoralmente, comienza un proceso de adaptación mayor, rebaja su programa y discurso y cede a las presiones del régimen en su afán de poder ganar las elecciones, y así se aleja aún más de una perspectiva revolucionaria.

Un ejemplo de esto es la metamorfosis que sufrió el PT y Lula, que fue mudando su programa anticapitalista de los orígenes hasta convertirse en el ejecutor de los planes neoliberales en Brasil y el contrapeso a los avances revolucionarios que se dieron con fuerza en la región a partir del nuevo siglo. Esto no evitó que la burguesía brasileña, cuando se desgastaron por aplicar planes antiobreros, se desprendiera de ellos de la peor manera.

Otro tanto sucedió con Syriza, que ya antes de su triunfo comenzó a ceder posiciones en temas claves y apenas asumió el gobierno capituló totalmente frente a la troika.

Es lo que pasó en Podemos, que bajó su programa con su primer salto electoral y sin haber ganado todavía elecciones. Es lo que comienza a suceder ahora con la mayoría del PSOL, que va cediendo al PT y al régimen brasilero. Es lo que sucedió en el Bloque de Izquierda de Portugal frente al gobierno del PS. Es lo que seguramente también pasaría si el Frente Amplio chileno avanzara más electoralmente o el Movimiento Nuevo Perú.

Está asimismo el importante ejemplo del retroceso del bolivarianismo, que ganó su primera elección defendiendo un modelo de “tercera vía” y de centroizquierda, e impulsado por la movilización avanzó luego a ser un nacionalismo de izquierda, y por no avanzar más ni dentro ni fuera de Venezuela terminó involucionando a un proyecto de aparato estatal-electoral, bonapartista y represivo que consolidó un capitalismo de Estado con ajuste y entrega.

La lógica electoralista, de alternativas dominadas por direcciones pequeñoburguesas o reformistas, siempre las lleva a capitularle al régimen capitalista y no a trascender de manera revolucionaria. Por eso es fundamental precisar que la norma de estas construcciones amplias electorales siempre es a terminar subordinándose al sistema, y por eso nuestra política es de unidad/enfrentamiento durante un período y de ruptura cuando se produce un cambio cualitativo en la adaptación. Si alguna vez surgiera un caso excepcional impulsado por un fuerte proceso de movilización/revolución, debatiremos una política específica. Pero lo esencial a definir hoy es que de conjunto estas alternativas electorales no apuntan a nuestra estrategia final. Y es por eso que debemos tener claridad de que no está planteado para nosotros ser parte de un futuro gobierno de este tipo de organizaciones.

Por eso es fundamental que, más allá de todas las tácticas que utilicemos si actuamos por un tiempo dentro de estos fenómenos, no perdamos de vista que nuestra estrategia es muy distinta a la de las direcciones con las cuales episódicamente estamos aliadas. Ellos van a rebajar sus programas en el afán de mejorar su posición electoral y nosotros vamos a sostener nuestra política por más que electoralmente no nos favorezca, porque no creemos en la vía electoral sino en la construcción de grandes organizaciones revolucionarias, que utilizan tácticamente las elecciones para visibilizarnos y fortalecernos, pero sólo creyendo en la estrategia de la movilización permanente, la insurrección, la toma del poder y el desarrollo de organismos de autodeterminación y doble poder del movimiento de masas.

Todo esto reactualiza los debates desarrollados históricamente por el marxismo y por Lenin en particular sobre el Estado burgués. Ya que en las últimas décadas del siglo XX  e inicio de este siglo XXI, algunas corrientes con sus falsas ideologías se volvieron a plantear la posibilidad de reformar el Estado burgués desde adentro o pretender radicalizar la democracia actual, creyendo que por cambiar las personas que dirigen el Estado o mejorar en parte sus actuales instituciones puede cambiar de carácter. Y por la vía de esa concepción reformista y antimarxista dejan de lado la necesidad de destruir el Estado burgués como política esencial para un cambio revolucionario.

Nosotros seguimos creyendo que el Estado representa a la clase social que conduce y tiene instituciones para oprimir a las demás clases, por lo cual llegada la posibilidad de tomar el poder, la tarea estratégica es liquidar todas las instituciones del Estado anterior, comenzando por las fuerzas armadas y de seguridad, su pilar esencial de dominación, más las instituciones judiciales, políticas y rompiendo la relación Estado/Iglesia.

Sobre la base de la destrucción del Estado burgués es que construiremos nuevas instituciones obreras, populares y de autoorganización, de manera transitoria, en lucha por defender nuestra revolución y por extenderla a escala internacional. Sin olvidar nunca que nuestra estrategia final, para la sociedad socialista a la que aspiramos, es la eliminación de toda desigualdad de clase y por lo tanto la eliminación del Estado de una clase contra otra que ya no existirá.

5) El camino de la Revolución Rusa y su vigencia

Han pasado algo más de cien años desde que se hizo la primera revolución socialista triunfante en 1917. Desde entonces se han sucedido todo tipo de experiencias y fenómenos políticos y sociales. Hubo nuevas revoluciones triunfantes, derrotas, degeneraciones burocráticas, avances a nuevas expropiaciones y luego crisis y restauración capitalista; guerras mundiales y regionales, crisis y revueltas de todo tipo.

Se han construido todo tipo de partidos, corrientes y organizaciones de izquierda, y han surgido a fines del siglo XX las falaces teorías contra el partido leninista y a favor de una supuesta horizontalidad, que no es otra cosa que una organización que no quiere disputar el poder del Estado ni destruirlo y por eso adopta formas organizativas y políticas reformistas, y en la mayoría de los casos personalistas y burocráticas.

El desastre provocado por el estalinismo allí donde se hizo del poder y las campañas por medio de las usinas imperialistas crearon dudas en varias generaciones sobre las posibilidades de derrotar al capitalismo, sobre la vigencia o no de la revolución y con qué métodos y tipo de organización es posible provocar cambios de fondo.

Todas las teorías horizontales, posmodernas, electoralistas, reformistas y posmarxistas como las de Laclau, que están de moda en corrientes como Podemos, Unidad Ciudadana y otras fuerzas, se apoyaron de una u otra manera en esas confusiones.

Sin embargo, mientras la historia ha demostrado hasta el cansancio que sólo a partir de la movilización revolucionaria de las masas y algún tipo de organización centralizada al frente de ellas fue posible provocar cambios revolucionarios, todos los sectores que se han hecho de estas falsas ideologías no pueden mostrar más que fracasos e impotencia frente al poder establecido.

La corriente internacional que estamos construyendo rechaza todas estas teorías revisionistas y reaccionarias. Parte de reivindicar la plena vigencia de la estrategia y los métodos de la Revolución Rusa y el bolchevismo, así como también nuestra propia y rica historia del trotskismo en Latinoamérica. Creemos en la esencia de todo ese legado y luchamos por el mismo objetivo. Sabemos que no es un camino fácil y que no está garantizado nuestro triunfo. Es una pelea política, una lucha de clases y de ideas. Sabemos también que todo fenómeno y proceso es distinto y tiene sus particularidades y necesarias actualizaciones y elaboraciones. Pero la estrategia común de pelear por derrotar al sistema capitalista mundial, a sus estados, regímenes, instituciones, partidos y burocracias que lo sustentan es la misma.

Por todo esto consideramos imprescindible, además de la construcción de partidos revolucionarios en cada país, la organización internacional de lxs revolucionarixs, en un plano superior a todas las construcciones nacionales. Por eso impulsamos la organización de nuestra corriente internacional como tarea prioritaria y en ese marco interactuamos con otras organizaciones y compañerxs con quienes tenemos acuerdos y diferencias. Desde nuestra corriente nos proponemos fortalecer la intervención política en todos nuestros países y difundir nuestras opiniones y propuestas políticas. Sabemos que, más allá de las desigualdades lógicas en el estadio de construcción en cada país (partido, corriente o grupo fundador), el norte político es el mismo: fortalecer la formación de estructuras de dirección y de cuadros para ir consolidando en todos lados partidos revolucionarios de carácter leninista y trotskista, como tarea estratégica e imprescindible.

6) El partido revolucionario

Han pasado casi 30 años desde que se produjo el derrumbe del estalinismo como aparato contrarrevolucionario centralizado a nivel mundial. Aunque siguen actuando fuerzas con mayor o menor incidencia en regiones, como los cubanos, o partidos filo estalinistas en varios países.

A diferencia de lo que sucedió en la etapa previa a la actual, ninguna de las revoluciones que se produjeron terminó expropiando ni las direcciones que estuvieron al frente fueron más allá de sus límites programáticos y de clase. La que más avanzo fue quizás la que encabezó Chávez, aunque nunca sobrepasó los límites del capitalismo y después de un tiempo por eso mismo terminó retrocediendo al estadio catastrófico actual.

La desaparición del estalinismo como aparato mundial, y la sumisión incondicional al sistema capitalista de todas las direcciones pequeñoburguesas, burocráticas, nacionalistas de izquierda,  “progres” o “comunistas” que se dio como consecuencia de su caída, terminaron con la etapa en donde “lo excepcional” se había transformado en “la regla”.

Por eso nos tenemos que armar en que sin movilización insurreccional de la clase obrera, crisis revolucionaria, organismos democráticos de doble poder y un partido revolucionario con influencia de masas será imposible derrotar al capitalismo y avanzar al socialismo.

Es más: en esta etapa cada vez será más difícil lograr triunfos parciales y duraderos,  democráticos o sociales, sin la existencia de fuertes partidos revolucionarios. De allí la importancia de no perder la estrategia. El centro de nuestra orientación pasa por discutir cómo avanzamos en la construcción de nuestros grupos y partidos.

La validez de una serie de tácticas

Además de políticas correctas, el partido se construye utilizando distintas tácticas.

No vamos a desarrollar aquí la necesidad cotidiana de la unidad de acción con otras direcciones sindicales, políticas, sociales, feministas o de derechos humanos para enfrentar los ataques de gobiernos, patronales o la burocracia contra trabajadores, mujeres, jóvenes u otros sectores sociales agredidos; o ataques a libertades democráticas o por parte del imperialismo que excepcionalmente puede obligarnos  a desarrollar acciones en la que participen sectores burgueses. Lo importante es saber que este tipo de intervenciones son episódicas y ni siquiera en medio de la acción dejamos de criticar a las direcciones obreras reformistas, pequeñoburguesas o incluso burguesas con las que podemos llegar a movilizarnos. Es decir, aplicamos lo que llamamos unidad-enfrentamiento.

Otra cosa bien distinta es el frente único obrero. Esta táctica está dirigida a los partidos obreros oportunistas y sectarios y depende de las circunstancias. Toma peso cuando la clase obrera está siendo brutalmente atacada o existe peligro real de golpes de estado. Tiene el doble objetivo de fortalecer la respuesta de la clase obrera y al mismo tiempo desenmascarar la inconsecuencia de oportunistas y sectarios. Son más duraderos que la unidad de acción y comprenden instancias comunes, aunque siempre mantenemos la independencia política y la denuncia de las inconsistencias de nuestros circunstanciales aliados. Los sindicatos, comisiones internas, coordinadoras, también son organismos de frente único obrero ya que allí convivimos con distintas corrientes reformistas.

El campismo. Los choques de algunos gobiernos con el imperialismo (Maduro, Al Assad) o de direcciones traidoras con sectores reaccionarios de la burguesía (Lula) o de populistas en declive (kirchnerismo, Evo), son utilizados por los oportunistas para intentar silenciar toda crítica hacia ellos, acusando a los que los enfrentamos a diario por cómplices del imperialismo o por hacerle el juego a la derecha. Es fundamental no ceder a estas presiones y mantener la crítica más descarnada frente a las tropelías que todos ellos cometen, entre otras cosas por ser sus acciones las que terminan fortaleciendo a la derecha y al imperialismo.

Los partidos “anticapitalistas” amplios

La debacle del estalinismo a partir de la caída de la URSS, la crisis terminal de la socialdemocracia por su rol activo a favor de las políticas neoliberales, el fracaso de los gobiernos nacionalistas de este nuevo siglo y la contrarrevolución económica que desde hace años vienen descargando los gobiernos sobre los trabajadores, a lo que debemos sumar la debilidad del trotskismo en la mayoría de los países, han generado nuevos fenómenos político-electorales a partir de reagrupamientos amplios difusamente antiimperialistas y anticapitalistas. A pesar de las limitaciones estratégicas de estos espacios y el carácter pequeñoburgués y no revolucionario de las direcciones de estos procesos, consideramos un error sectario, frecuente en algunas organizaciones que se reclaman también del trotskismo, negarse por principio a participar de estas experiencias y disputar durante un tiempo, desde dentro de las mismas, a los trabajadores y jóvenes que se sienten atraídos por ellas.

Concretamente, no consideramos que sea incorrecta la táctica de ser parte durante un tiempo de Podemos en España, del Bloque de Izquierda en Portugal, de Die Linke en Alemania o incluso de Syriza en sus inicios, para intentar construir corrientes revolucionarias al interior de esas construcciones amplias. Lo que no es correcto es hacerle seguidismo a las direcciones reformistas de estos procesos, no tener políticas públicas diferenciadas y abandonar la estrategia de construcción del partido revolucionario o disolverse en estos agrupamientos.

Aunque no hay un modelo y las alternativas que han surgido no son iguales de país a país, lo mismo podemos decir sobre participar de la construcción del PSOL en Brasil, de la política que llevó adelante Marea Socialista en Venezuela al interior del PSUV o de intentar tener una política hacia fenómenos como el Frente Amplio en Chile o el Movimiento Nuevo Perú.

En esta etapa, en diversos países no será posible lograr avances cualitativos en nuestra construcción o llegado el caso disputar influencia de masas, sin tener tácticas amplias hacia los nuevos fenómenos que surgen o políticas para dialogar con los que tienen expectativas en personajes como Sanders o Corbyn, por ejemplo. Esto no niega que en determinadas realidades nacionales la táctica privilegiada pueda ser la unidad del trotskismo o de la izquierda radical. En la Argentina, por ejemplo, hoy la unidad que sería necesaria y no se da por responsabilidad de las corrientes sectarias, es la unidad del FIT e Izquierda al Frente, llamando al resto de la izquierda orgánica, independiente y social a sumarse.

Cuando encaramos experiencias de este tipo, perfectamente validas en este período, tenemos que tener claridad sobre sus límites y que esta táctica tiene una duración limitada. Utilizando el ejemplo del tren que se detiene en varias estaciones hasta llegar a la última, que para nosotros es la revolución socialista internacional, podemos decir que es un hecho que este tipo de alternativas pueden jugar un papel progresivo hasta un determinado punto del camino y luego lo más probable es que cambien de carácter hasta volverse reaccionarias. Más temprano que tarde nuestro programa entrará en contradicción con la dinámica que tomarán los componentes más reformistas y este tipo de construcciones o bien estallarán o tendremos que romper con ellas. De lo que se trata es de aprovechar las oportunidades que se nos presentarán antes, durante y después para fortalecer a nuestra organización revolucionaria.

La unidad con revolucionarios

Estamos transitando una etapa de grandes cambios, donde la lucha de clases se intensifica y produce acercamientos, rupturas y reacomodamientos en gran parte de las organizaciones internacionales y nacionales de la izquierda revolucionaria.

En muchos países la construcción o el fortalecimiento de nuestros grupos o partidos dependerá de una política y orientación audaz para empalmar con grupos de revolucionarios que provienen de otras experiencias organizativas y que en base a acuerdos de principio estén dispuestos a avanzar y ser parte de una organización internacional como la que estamos comenzando a construir.

En otros países la construcción de secciones de nuestro agrupamiento internacional puede provenir de acuerdos con corrientes obreras, de la juventud, de mujeres o de una combinación de todas ellas y que a partir de su experiencia en la lucha de clases y acuerdos programáticos estén dispuestos a avanzar en la construcción de partidos revolucionarios ligados a Anticapitalistas en Red.

Parte de nuestra orientación tiene que estar dirigida a explorar estas u otras oportunidades para dar saltos en nuestra construcción.

Juventud, feminismo y disidencia

Nuestros grupos y partidos se nutren de la vanguardia que surge en cada momento de la lucha de clases. Hoy a nivel mundial existe una revolución feminista y disidente sexual, principalmente en la juventud estudiantil, que debemos jerarquizar en cada país desplegando toda clase de campañas, materiales, agrupamientos, vuelcos de compañeros e iniciativas para captar a sus mejores exponentes.

Esta oleada ha puesto a la orden del día temas como la legalización del aborto, la igualdad salarial y de oportunidades para hombres y mujeres, la violencia y el acoso, la libre sexualidad, etc. Es un proceso radicalizado que rápidamente se eleva a cuestionar al sistema capitalista como promotor del patriarcado y a las iglesias y sus doctrinas medievales. Volcarnos con todas las fuerzas disponibles allí donde este proceso ha ganado peso de masas es clave para aprovechar esta enorme oportunidad de captar compañeros y compañeras y fortalecer la estructura de cuadros que necesitamos para desarrollar nuestros partidos.

La juventud de conjunto y principalmente la estudiantil siempre ha sido una cantera de cuadros fundamental para construir nuestra corriente. Por eso debemos volcarnos de manera decidida en todos nuestros países para lograr una acumulación militante lo suficientemente importante como para poder dar un salto cualitativo.

7) Anticapitalistas en Red

El curso sectario que tomaron primero la LIT y luego la UIT nos decidió hace muchos años a encarar el desafío de intentar reagrupar a fuerzas revolucionarias detrás de una política correcta de intervención en la lucha de clases que, sin aislarnos de los procesos, nos permitiera construir de manera independiente nuestras organizaciones y relacionarnos con otros que pensaran similar a nosotros a nivel internacional. En el camino fuimos reencontrándonos con viejos camaradas, conociendo nuevos compañeros, afianzando relaciones más estrechas con algunos grupos y clarificando acuerdos y diferencias con otros.

Si bien nos proponemos mantener el estatus de observador permanente en el SU de la Cuarta Internacional es un hecho que las diferencias con los compañeros son grandes, algunas estratégicas, como quedó de manifiesto en su último Congreso Mundial. Lamentablemente los compañeros del MES, con los que iniciamos conjuntamente las relaciones con el SU, han decidido, a partir de manifestar acuerdos totales, integrarse plenamente a la Cuarta (SU). Esto  nos pone ante la necesidad de reorganizar nuestras fuerzas.

Concretamente, nos proponemos poner nuestras energías en comenzar a construir un agrupamiento internacional entre todos los que en estos años fuimos construyendo lazos de confianza basada en acuerdos teóricos, políticos e intervenciones comunes en la lucha de clases. El punto de partida lo estamos dando al conformar Anticapitalistas en Red. No pretendemos encerrarnos sobre nosotros mismos. Todo lo contrario: a partir de organizar nuestras fuerzas queremos ponernos como objetivo desplegar una política y orientación ofensiva para relacionarnos con amplios sectores y empalmar con todos aquellxs militantes, grupos, partidos y corrientes con los que encontremos puntos comunes de intervención y acuerdos suficientes como para plantearnos la posibilidad de ser parte de una misma organización.

Buenos Aires, mayo de 2018