¿Qué es la Nueva Ruta de la Seda china?

Ago 25, 2018 | Asia y Oceanía

Sin fingir modestia alguna, el presidente chino Xi Jinpin lo llama el “proyecto del siglo”. El Yidaiyilu (Un cinturón, una ruta), OBOR (One Belt, One Road) o BRI (Belt and Road Iniciative), por sus siglas en inglés, fue anunciado por Xi por primera vez en 2013, y lanzado oficialmente el año pasado. Se trata de un faraónico plan de inversiones en infraestructura -puertos, autopistas, ferrovías y otras instalaciones- en 68 países para apuntalar la capacidad comercial china hacia el resto del mundo.

La “ruta” se refiere a una extensa red comercial marítima, conectando puertos de China y el sudeste asiátio con el Mar Índico, el este de África y la Europa mediterranea. El “cinturón” conectaría la costa china y Europa, África y Medio Oriente por tierra con nuevos caminos, ferrovías y líneas de fibra óptica.

La magnitud del proyecto es abrumadora. Los 68 países involucrados representan el 40% del PBI mundial. El gobierno chino afirma que sus empresas han concretado contratos relacionados con el OBOR por valor de 305.000 millones de dólares desde 2014, ha creado un fondo de 41.000 millones de dólares destinado específicamente a proyectos del OBON, y buena parte de los 105.000 millones de dólares del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB) también se invertirán en ellos. Según funcionarios chinos, Pekín piensa invertir hasta 838.000 millones de dólares en los próximos cinco años. En comparación, el Plan Marshall, ajustado a la inflación, invirtió menos de 200.000 millones de dólares en la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra.

Además, el proyecto se ha expandido de su eje original en Eurasia y África, para incluir inversiones en Oceanía, el Ártico y América Latina y hay cálculos que varían entre 1 y 8 billones de dólares para el total de las inversiones proyectadas.

El objetivo más inmediato y evidente del OBOR es fortalecer las vías de entrada de materias primas a los centros industriales chinos y la salida de productos a los mercados del centro y sur asiáticos, África y Europa.  Un puerto que se construiría en Myanmar, por ejemplo, tiene capacidad para ingresar un 10% de las importaciones chinas de energía, y permitiría una salida desde la provincia interior de Yunnan que evitaría pasar por el estrecho de Malacca, dominado por Singapur. El corredor China-Paquistán brindaría otra salida desde el oeste chino al Mar Índico, y el tren Madrid-Yiwu -que sería el más largo del mundo y ya está en fase experimental- una llegada terrestre a los mercados europeos más directa y veloz que el largo viaje marítimo.

Con el OBOR, China también busca darle salida a la sobrecapacidad que padece en sectores de la industria pesada  como acero, cemento, aluminio y vidrio. Cuando la crisis mundial de 2008 recortó drásticamente la demanda internacional, la producción china se volcó al mercado interno, impulsando un boom inmobiliario cuyas dimenciones son poco conocidas. Entre 2011 y 2013, por ejemplo, China utilizó más cemento que el que ocupó Estados Unidos en todo el siglo XX. La incapacidad de ese mercado de absorber la sobreproducción china se vio ilustrada dramáticamente en las grandes “ciudades fantásmas”, sin habitantes, repartidas por el país.

Otro fenómeno que impulsa a la burguesía china hacia el extranjero surge de las enormes huelgas que han protagonizado los trabajadores chinos en la última década, con las que han ido conquistado mejores salarios y condiciones de trabajo, afectando la taza de ganancia capitalista. Entonces las empresas chinas también buscan mercados laborales más baratos para recuperar tasa de ganancia.

Pero el objetivo del OBOR que genera más polémica tiene que ver con las pretenciones chinas de proyectarse como potencia geopolítica en el escenario mundial. El ascenso económico de China y su creciente presencia multinacional no es nuevo. Ha sido, tal vez, el hecho de mayor relevancia geoestratégica del último cuarto de siglo.

Hace una década, China desplazó a Estados Unidos como principal socio comercial de la Unión Europea, África y Sudamérica. Con sus 3,8 billones de dólares en reservas de divisas, China se ha transformado en el principal financista de los países “en desarrollo”. El AIIB se fundó en 2014 como explícito competidor del FMI en Asia y el Banco de Desarrollo de China ya concede más prestamos que el propio Banco Mundial.

En África, además de invertir miles de millones de dólares en la extracción de recursos naturales, China ha instalado un considerable capital industrial, se calcula que un 12% de la producción industrial africana está en manos de cerca de 10.000 empresas chinas. Pekín ya ha financiado la construcción o renovación de más de 6.000 kilómetros de ferrovías, entre otras obras de infraestructura. Y en los planes del OBOR, figura una conección ferroviaria y ruta comercial desde el puerto de Dakar, en el Atlántico, con Yibutí, país en el otro extremo del continente y con salida al Índico, donde China instaló el año pasado su primer base militar en el extranjero.

Sin embargo, la expansión comercial y política de China hasta ahora se ha desarrollado fundamentalmente a través de acuerdos bilaterales e iniciativas de alcance regional. El OBOR lleva la proyección internacional china, y su incipiente desafío a Estados Unidos como potencia mundial hegemónica, una paso más allá, al buscar articular una red comercial que trasciende regiones y continentes.

Varios voceros de Estados Unidos y otros países han pegado el grito en el cielo, describiendo al OBOR como un plan maestro para someter a otros países al capital chino. El secretario de Defensa de Estados Unidos James Mattis cuestionó la idea de que una sola potencia diseñe rutas de comercio: “En un mundo globalizado, hay muchas rutas y muchos cinturones”.

En una visita a China en enero, el presidente francés Emmanuel Macron advirtió que una nueva ruta de la seda “no puede ser de una mano”.

Randal Phillips, un ex jefe de estación de la CIA en China, declaró en una comisión del Congreso estadounidense que la ruta marítima del OBOR es “particularmente similar” a un documento que adquirió la CIA hace unos 13 años, en el que ejército chino proyectaba la construcción de una “cadena de perlas” de bases militares extendiéndose desde sus costas hacia afuera.

Las preocupaciones por el avance internacional de China están entre las principales motivaciones de la guerra comercial que ha iniciado Trump, y de iniciativas de países como India y Japón, que han lanzado en conjunto su propio proyecto de financiamiento de infraestructura en Asia y África. Pero los roces entre estos países y China tienen un contrapeso en su interdependencia económica. China es el principal socio comercial tanto de Estados Unidos como de India, entonces la competencia capitalista y la puja por quiénes se llevan qué proporción de la plusvalía global, se da, por ahora, en el marco de inmensos negocios compartidos.

Estas contradicciones también se expresan en que, mientras un sector del imperialismo occidental enfrenta las pretensiones expansionistas de China, otras voces relativizan el “peligro chino” y depositan cierta expectativa en la apertura de nuevas oportunidades de negocios. Javier Solana, ex secretario general de la OTAN, opina que es “una buena noticia que China adopte un enfoque más multilateral y un mayor compromiso con el proceso de globalización … en un mundo tan interdependiente como el actual,” y que “Occidente debe mantener una actitud abierta hacia estas nuevas propuestas chinas, aunque combinada con una actitud exigente a la hora de asegurar la multilateralidad, transparencia y rendición de cuentas de los nuevos instrumentos”.

En un estudio reciente, The Economist parece encogerse de hombros ante las acusasiones occidentales de los intereses espurios chinos: “A fin de cuentas, muchos (gobiernos occidentales) han dirigido campañas agresivas para abrir mercados en tierras lejanas, en complicidad con déspotas locales”.

Si algo es cierto, es que el OBOR tendrá consecuencias para las economías y los pueblos de los países participantes, similares a las que ha tenido el extractivismo y la injerencia imperialista occidental en el mundo. Los proyectos del OBOR reciben un financimiento mayoritario de entidades chinas, aunque requieren una proporción importante de inversión local, asegurada, a su vez, por prestamos chinos con tasas de interés usureras que generan deudas públicas astronómicas. Además, requieren el empleo de mucha mano de obra china y la firma de de memorandums de entendimiento con los gobiernos locales, con cláusulas secretas que tienden a comprometer su soberanía.

Subsidiarios de la empresa estatal china CITIC financiarán el 70% de los 7.300 millones de dolares para la construccióin del puerto planificado en Myanmar, y operarán el puerto durante 50 años. A algunos sectores locales les preocupa la deuda que implica el 30% que debe aportar el gobierno de Myanmar. Estos señalan el caso de Hambantota, un puerto que China construyó en Sri Lanka y que pasó a manos chinas en 2017, luego de que el gobierno de Sri Lanka no pudiera mantener los pagos de la deuda contraida para su construcción.

Paquistan es anfitrión del mayor proyecto individual del OBOR, el Corredor Económico China-Paquistán, que incluye un tren de alta velocidad de 700 kilómetros y oleoductos, con un presupuesto total de 20.000 millones de dólares. Sus recientes elecciones estuvieron cruzadas por una delicada situación económica y el debate sobre si buscar préstamos adicionales de China o recurrir al FMI.

En marzo, el Centro por el Desarrollo Global, una consultora, publicó un estudio sobre ocho países en alto riesgo por deudas incurridas en proyectos relacionados al OBOR. Una autopista representa un cuarto del PBI de Montenegro, por ejemplo. Y un ferrocarril de Laos a China comenzado en 2016 puede llegar a costar casi la mitar del PBI de Laos.

Todo esto conlleva medidas de ajuste y aumentos en la explotación de los pueblos de los países en los que se desarrollan los proyectos del OBOR. También implica una presión a la baja de salarios y condiciones de los trabajadores chinos. Indefectiblemente, el OBOR también provocará la resistencia de los pueblos contra la explotación y desigualdad que les impondrá, y una resultante agudización de la lucha de clases. Nuestra solidaridad está con ellos, contra la avericia capitalista de China.

Federico Moreno